Redención

Fui

Magdalena, Daniela, Julieta y Marlene

para tenerte, amor,

para tenerte

perdí mi voz en tus palabras

para escucharte, amor,

para culparme

fui la sombra de mi pensamiento,

el perdón del toro ante la muerte

para guardarte, amor,

para guardarme

devota ciega de tu cambio inalcanzable

para creerte, amor,

para engañarme

la fachada clara de una casa roída por ratas

para cuidarte, amor,

para callarme

espada endeble sin empuñadura,

el grito ahogado de la condena

para cuadrarme, amor,

para gustarte

hija legítima de Dios,

sombra oscura de nosotros

para quererte, amor,

para quedarme.

 

Soy

las sílabas rotas de mi nombre,

mi voz naufraga en el aire,

mis palabras derruidas,

el toro muerto

para marcharme, <<amor>>,

para quererme

escéptica hija de Lilith,

la casa destruida,

Atenea bien armada

el grito de todas,

la redención de Eva,

yo,

para dejarte, <<amor>>,

para olvidarte.

Juan José Pérez

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Yvain el malato.

No hubo momento,

desde el más recóndito principio de las especies,

en que, terrible como el canto de sirena,

destierro y consuelo,

el grito se haya desnudado en su naturaleza

como la eclosión que de su garganta fue eyectada.

.

Grito, horror, olvido.

Mi nombre se ulcera, y deforme,

se ahoga en su cantidad silábica;

cocovado, se extingue del recuerdo

por la variedad inconmesurable de signos

y acentos que nuestra lengua no digiere.

.

Mi sola figura, hombre elefante,

plaga que nunca pupó,

no está descrita en los cánones de su mirada,

mi pudenda raza jamás de las cloacas se levantó.

¡Oh horror! Pues ¿quién, ante su tosca presencia,

no aplastaría sus sienes en busca

de la más endeble señal de belleza?

No Señora, no hay diente, cabello o pupila

paridos por mi penitencia,

que no empatice mi naturaleza.

Héctor M. Cárdenas.

Oda al “Érase una vez…”

¿Ves las pinturas grabadas con palabras?
¿Esas pinturas invisibles, de un pasado lejano,
Formadas por cadenas sin final?
Me llaman.

Ahí dónde el espejo responde y el agua habla,
Ahí dónde los animales piensan y las brujas bailan,
Ahí dónde la oscuridad brilla mientras el lobo aúlla,
Me llaman.

El porqué nunca es claro, pero por eso mismo, lo es.
Son tinieblas ancestrales, poderosas como el sol.
Caleidoscopio infinito, eternamente reordenando
Patrones misteriosos de secretos conocidos.
Me ciegan.

Escucharlos es una bendición maldita,
Pues casi nadie puede hacerlo.
Cuando llaman, sus cantos me apelan solo.
Soledad paradójica, pues aunque otros
Ignoren el oro en sus reflejos,
Ellos siempre están ahí cuando los necesito.
Listos para hablar de astucia, amor y valentía.

Nada exigen. Son amigos fieles.
Tan ligeros como las voces que los han portado
Todos estos años.
Me ciegan.

Nos recuerdan que
Por más perdidos en el bosque,
Por más monstruoso que el mundo sea,
Por más que hogares caigan destruídos…

Se puede empujar la bruja al horno.
Se puede tornar una bestia en hombre.
Se puede construir una casa de ladrillos.

Toda maldición puede romperse.

– Adrian Ollé-Laprune.

 

Letras para el desasosiego moral.

¿Dónde, cuando por la mano de Teseo

la tierna Hipodamia me sea despojada,

ha de reflejarse esta sombra en combustión?

La colina como un desierto,

como una línea de bronce oxidado,

como un diluvio lapidario

de lítico epitafio,

se extiende desde el polvo pulmonar

hasta la trompeta de un ángel mudo.

                       Todo ángel es terrible.

.

Es mi sombra, y es la piel de sal,

quien erra trémula

por el endeble espacio,

silencio en movimiento,

primitivo fruto agrio,

de nuestros tímidos ombligos.

                     Je sais aujourd’hui saluer la beauté.

Héctor M. Cárdenas.

Desafortunado 

Siempre huyendo, siempre huyendo.

El mundo es una gran tormenta con el ojo siempre encima. 

Pocos escuchan realmente. Pocos ven lo que nosotros vemos. 

El agua se oscurece de cenizas calcinadas, negras cuán carbón. 

Siempre huyendo…

Las respuestas se desvanecen, el fuego las devora. 

Gente amada, gente odiada, van y vienen.

Amigos de carne y hueso. Amigos de papel y tinta. 

Amigos desconocidos. 

Siempre huyendo…

Amarrar el pelo, limpiar los lentes, morderse el labio. 

Fuego inagotable, con el ojo siempre abierto. 

Siempre huyendo.

El blanco y el negro se vuelven gris, 

Viejos amores jamás regresarán. 

Siempre huyendo. 

Pues es todo lo que queda.

Traición. 

Siempre huyendo. 

Incendio. 

Siempre huyendo. 

Asesinato. 

Siempre huyendo…

Pero siempre, siempre leyendo, amando, aprendiendo y buscando.
– Adrian Ollé Laprune

Anagnórisis nocturna

La noche vigila los artificios

de la piel en braille,

una sombra dormida,

los dedos tórridos de un foco

juegan algodones tersos;

los míos separan de tu piel

la conciencia de la primera caída.

 

Bajo el tacto

perlas de rocío se diluyen

sobre tu piel de mármol líquido,

diseño surcos espirales,

dos colibríes peregrinos

adornan mi sangre con amatistas,

marcan su camino por la espalda.

 

Te escucho panateneas,

y, paso a paso, mis labios son antistrofa;

desde tu sima busco los montes

donde se guarda el vino de las dionisíacas,

desde tus montes, embriagado miro:

en el suelo, la sombra dormida

traga tus prendas y crece.

 

Tus labios esperan

los míos penitentes

como se espera a un marinero,

la brisa de tus pechos me lleva.

En tu puerto se encuentran los amantes,

se abrazan cálidos y húmedos

de lágrimas y sal.

 

Mis manos, errantes fatigadas,

se hunden en el mar;

los amantes caen,

la muerte les arrebata los respiros;

una gota de la negrura espesa

que nos cubre

en mis ojos apaga y nubla.

 

El pez de mi silencio

vuelve al húmedo susurro

de tu mares, mi mutismo

comparte palabra con tus labios.

El beso líquido y bermejo

es lenguaje, tu vientre:

rebelde oleaje, me acerca a costa.

 

Yo, invadido por lóbrega plaga,

acecho tu respiración dispersa;

siembro la semilla

de una muerte lenta.

Los roces del alba te leen,

como nosotros,

más pura que ayer.

Juan José Pérez

Cabalgata Diabólica 

La luna sangraba cuando los árboles gritaronY la noche me resguardaba cuando mis pulmones rugieron.

Estaba en búsqueda de un camino sobre el cual caminar

Para poder conducirme a través de este denso bosque.

Pero el rojo en mis ojos despertó en mí

Un deseo de matanza y una sed de correr

Mis venas bombearon, mis músculos estallaron…

Sentí la tormenta vibrar en mi carne.

Fue como una fuerza divina

Que me mandó una cabalgata diabólica.

Un placer infernal, un aullido de luna llena

Un deseo de correr, una sed de destruir.

Devorar para esculpir el mundo a mi gusto

Hacerlos inclinarse ante la fuerza de mis sentidos.

Y pronto nadaba en un mar de sangre,

El precio de mi odio y la alegría de mi ira.

Brilló en el destello de las tinieblas

El festín ardiente de mis sueños.

Tallar en los árboles mi propio camino

Someter la muerte y el miedo al hilo de mis decisiones

Para hacerles pagar lo que comencé.

No más piedad, no más debilidades

Mi alma se arrastraba entre árboles.

Estaba conducido por una fuerza divina

A través de una cabalgata diabólica.

Condenado a vivir de sufrimientos,

Condenado a fundir mi piel bajo mi pelaje.

Adrian Ollé-Laprune.