La noche vigila los artificios

de la piel en braille,

una sombra dormida,

los dedos tórridos de un foco

juegan algodones tersos;

los míos separan de tu piel

la conciencia de la primera caída.

 

Bajo el tacto

perlas de rocío se diluyen

sobre tu piel de mármol líquido,

diseño surcos espirales,

dos colibríes peregrinos

adornan mi sangre con amatistas,

marcan su camino por la espalda.

 

Te escucho panateneas,

y, paso a paso, mis labios son antistrofa;

desde tu sima busco los montes

donde se guarda el vino de las dionisíacas,

desde tus montes, embriagado miro:

en el suelo, la sombra dormida

traga tus prendas y crece.

 

Tus labios esperan

los míos penitentes

como se espera a un marinero,

la brisa de tus pechos me lleva.

En tu puerto se encuentran los amantes,

se abrazan cálidos y húmedos

de lágrimas y sal.

 

Mis manos, errantes fatigadas,

se hunden en el mar;

los amantes caen,

la muerte les arrebata los respiros;

una gota de la negrura espesa

que nos cubre

en mis ojos apaga y nubla.

 

El pez de mi silencio

vuelve al húmedo susurro

de tu mares, mi mutismo

comparte palabra con tus labios.

El beso líquido y bermejo

es lenguaje, tu vientre:

rebelde oleaje, me acerca a costa.

 

Yo, invadido por lóbrega plaga,

acecho tu respiración dispersa;

siembro la semilla

de una muerte lenta.

Los roces del alba te leen,

como nosotros,

más pura que ayer.

Juan José Pérez

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