Yvain el malato.

No hubo momento,

desde el más recóndito principio de las especies,

en que, terrible como el canto de sirena,

destierro y consuelo,

el grito se haya desnudado en su naturaleza

como la eclosión que de su garganta fue eyectada.

.

Grito, horror, olvido.

Mi nombre se ulcera, y deforme,

se ahoga en su cantidad silábica;

cocovado, se extingue del recuerdo

por la variedad inconmesurable de signos

y acentos que nuestra lengua no digiere.

.

Mi sola figura, hombre elefante,

plaga que nunca pupó,

no está descrita en los cánones de su mirada,

mi pudenda raza jamás de las cloacas se levantó.

¡Oh horror! Pues ¿quién, ante su tosca presencia,

no aplastaría sus sienes en busca

de la más endeble señal de belleza?

No Señora, no hay diente, cabello o pupila

paridos por mi penitencia,

que no empatice mi naturaleza.

Héctor M. Cárdenas.

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Letras para el desasosiego moral.

¿Dónde, cuando por la mano de Teseo

la tierna Hipodamia me sea despojada,

ha de reflejarse esta sombra en combustión?

La colina como un desierto,

como una línea de bronce oxidado,

como un diluvio lapidario

de lítico epitafio,

se extiende desde el polvo pulmonar

hasta la trompeta de un ángel mudo.

                       Todo ángel es terrible.

.

Es mi sombra, y es la piel de sal,

quien erra trémula

por el endeble espacio,

silencio en movimiento,

primitivo fruto agrio,

de nuestros tímidos ombligos.

                     Je sais aujourd’hui saluer la beauté.

Héctor M. Cárdenas.

Compra de fin de año.

Para comprar gastando más de lo innecesario

es indispensable aprovechar las ofertas,

descuentos convencionales en áreas participantes.

Una tienda departamental no es más que una diminuta consciencia,

un grillo molesto y escurridizo que devora un caracol en celo.

-No es más que una pelea de insectos-

Un nido de termitas famélicas

corriendo entre los muros de la pútrida madera.

Una fila de hormigas en espera

por bailar de la mano con la reina.

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Cadavre exquis.

El mono montaba la montaña,

el frío helaba los huesos,

la rana cantaba a la rama.

Moño que ladra no muerde,

las lenguas no alcanzan para describir

el dinosaurio que corrió y murió.

Bailan las dos prostitutas la danza macabra,

un sonido lejano, solitario, que no hace ruido.

El calor derritió sus alas de cera.

Cada noche hay una luna distinta,

la caída perpetua sin sonidos.

El león despeinó su melena.

J.J.P.H, Héctor M Cárdenas, Diana Torres.