Redención

Fui

Magdalena, Daniela, Julieta y Marlene

para tenerte, amor,

para tenerte

perdí mi voz en tus palabras

para escucharte, amor,

para culparme

fui la sombra de mi pensamiento,

el perdón del toro ante la muerte

para guardarte, amor,

para guardarme

devota ciega de tu cambio inalcanzable

para creerte, amor,

para engañarme

la fachada clara de una casa roída por ratas

para cuidarte, amor,

para callarme

espada endeble sin empuñadura,

el grito ahogado de la condena

para cuadrarme, amor,

para gustarte

hija legítima de Dios,

sombra oscura de nosotros

para quererte, amor,

para quedarme.

 

Soy

las sílabas rotas de mi nombre,

mi voz naufraga en el aire,

mis palabras derruidas,

el toro muerto

para marcharme, <<amor>>,

para quererme

escéptica hija de Lilith,

la casa destruida,

Atenea bien armada

el grito de todas,

la redención de Eva,

yo,

para dejarte, <<amor>>,

para olvidarte.

Juan José Pérez

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Anagnórisis nocturna

La noche vigila los artificios

de la piel en braille,

una sombra dormida,

los dedos tórridos de un foco

juegan algodones tersos;

los míos separan de tu piel

la conciencia de la primera caída.

 

Bajo el tacto

perlas de rocío se diluyen

sobre tu piel de mármol líquido,

diseño surcos espirales,

dos colibríes peregrinos

adornan mi sangre con amatistas,

marcan su camino por la espalda.

 

Te escucho panateneas,

y, paso a paso, mis labios son antistrofa;

desde tu sima busco los montes

donde se guarda el vino de las dionisíacas,

desde tus montes, embriagado miro:

en el suelo, la sombra dormida

traga tus prendas y crece.

 

Tus labios esperan

los míos penitentes

como se espera a un marinero,

la brisa de tus pechos me lleva.

En tu puerto se encuentran los amantes,

se abrazan cálidos y húmedos

de lágrimas y sal.

 

Mis manos, errantes fatigadas,

se hunden en el mar;

los amantes caen,

la muerte les arrebata los respiros;

una gota de la negrura espesa

que nos cubre

en mis ojos apaga y nubla.

 

El pez de mi silencio

vuelve al húmedo susurro

de tu mares, mi mutismo

comparte palabra con tus labios.

El beso líquido y bermejo

es lenguaje, tu vientre:

rebelde oleaje, me acerca a costa.

 

Yo, invadido por lóbrega plaga,

acecho tu respiración dispersa;

siembro la semilla

de una muerte lenta.

Los roces del alba te leen,

como nosotros,

más pura que ayer.

Juan José Pérez

¿Por qué no te moriste?

¿Por qué no te moriste?

Tu corazón de hombre

no hablaría más de tu piel humana;

de mis manos, inescrutables silencios

caerían al agujero de tu ascenso.

Paletadas con algunas horas

hablarían a tu oído de indulgencia,

inclusive este octubre que te demuestra humana

sería por lágrimas absuelto.

 

¿Por qué demostrar tu humanidad?

Hubieras muerto, querida,

pude haber dicho:

«siempre fue tan buena»

Mis lágrimas habrían olvidado tus maleficios,

no tendría que aborrecer tus labios

ni adornarte con leña verde

y yo, abrazaría al que la otra mitad de ti llora.

 

Hubieras muerto (,)amada,

vestirías coronas y no amarras;

hubieras muerto mía

sin que tus labios zahirieran otra alma.

 

Hubieras muerto(,) santa

eternamente musa irreprochable;

Cuarenta días guardaría tu luto

antes de canonizarte a versos.

 

Hubieras muerto mía

sin que tú elixir robara otra alma

Juan José Pérez